Recuerdo que siendo pequeña me encerraba en el baño en casa de mi abuela y trasteaba con los potingues de mi tía, que se siempre tenia muchos y de lo último. En aquellos años casi todo venía de París y claro, a poco que con 6 años te pintases los labios allá iba media barra y la consiguiente colleja…

Ya de adolescente, en el instituto, llevábamos los últimos modelitos de Zara y por supuesto la barra de labios roja tan de moda. Recuerdo ir a unos grandes almacenes con las amigas y buscar aquellos cosméticos de Edición Limitada que muchas marcas, de las buenas y caras, vendían y que a nosotras nos volvían locas porque lo habíamos leído en el Vogue. La verdad es que aquella fue mi época de introducción a la cosmética.

Siempre me ha gustado cuidarme, y aunque desde hace años el maquillaje no forma parte de mi vida diaria sino de la de fin de semana o fiestas varias, si que le he dado siempre una gran importancia al cuidado de la piel, tanto facial como corporal. Supongo que por eso el trabajo que tuve durante estos últimos años me apasionó. Trabajar en una cadena de centros estéticos me ayudó a adentrarme mas en la cosmética y sus usos… pero en la convencional… y ahí realmente fue cunado algo en mi hizo click; me di cuenta que aquello era un mundo que movía muchas cosas, alguna buenas, pero algunas otras no tanto. Para mi parecer, aunque las mujeres saliesen satisfechas con sus tratamientos o con sus cremas compradas, y a buenos precios, esa felicidad era efímera, demasiado efímera y a veces deseada y no alcanzada. Estábamos dándoles pequeños momentos de belleza pero no las estábamos cuidando…

Fue cuando empecé a buscar algo que fuese diferente, algo que realmente me diese no solo mis cuidados de belleza si no que sintiese realmente estos cuidados. Y coincidiendo estos años en los que la gente no sólo busca estar bien por fuera, sino estar bien por dentro, estos años en los que descubres una nueva forma de cuidarte con alimentos frescos y saludables, cuidando el cuerpo y la mente con yoga o meditación, cambiando incluso al estilo de vida Hygge… descubrí una cosmética que llevaba ya tiempo ahí, pero que para mí fue el cambio que andaba buscando.

 

Recuerdo que una de mis primeras compras fue un aceite de Rosa Mosqueta, con un olor tan diferente, puede incluso que poco agradable, pero que a mi me fascinó y sobretodo le devolvió vida a mi piel; y de ahí a la siguiente crema o al desodorante o al champú. Para mí fue abrir una puerta enorme al mundo de la cosmética natural, sin ingredientes que no vengan directamente de ella (fruto, hoja, flor, tallo, raíz…), que no dañen a los animales, que el cuidado esta en el mas pequeño detalle, y que, sorprendentemente, funciona, y muy bien.

Y así empezó todo, me atreví a cambiar mi vida, a arriesgarme a hacer algo que me hacía feliz que era seguir atendiendo a los demás pero creyendo en lo que daba. Me atreví a saltar para vivir.

Y con un gran o pequeño esfuerzo y se que poco a poco, empezó este proyecto, con ilusión, con ganas. Una etapa nueva y difícil, desconocida y deseada… un camino lleno de naturaleza, de vida, de pájaros, de pequeños pájaros de belleza.